Desde la barra

PARADOJAS ESTEREOTIPADAS

Entraron a las 9,30 de la mañana, después de estar un buen rato discutiendo en la calle. Eran tres jóvenes, dos hombres y una mujer. Su aspecto delataba que habían pasado juntos una larga e intensa noche y que todavía no habían ido a dormir. Sus ojos, semiabiertos o semicerrados, brillaban como la luna llena.

En el Club estaban desayunando en ese momento 3 parejas de trabajadores, todos hombres: dos funcionarios municipales, en la barra; otros dos en la mesa 3, que trabajaban para una institución religiosa; los otros dos, en la mesa 1, trabajaban en una obra cercana.

 

Estas y otra parejas de trabajadores que vienen habitualmente al Club, así como la pareja que en la barra formamos mi hermano y yo, ha generado alguna curiosa confusión. Recientemente, un vecino nos dijo que al contarte al propietario de una tienda del barrio que vivía al lado del Club, éste le respondió: “Ah!, el bar de los gays”.

Yo hacía un mes que había cambiado mi imagen. A raíz de los comentario favorables a que me rapara la cabeza por parte de una amiga, y de mi propia hija, varios amigos y amigas comenzaran a recoger firmas para que llevara a cabo dicha “operación” capilar. Al principio me opuse, pero ante la insistencia (llevaban recogidas casi 40 firmas) y ante el ofrecimiento expreso para hacer de peluquera de una amiga, acepté al fin cortarme el pelo al cero. La operación se ejecutó un sábado a las 2 de la mañana en el mejor bar de enfrente, ante la atónita mirada de la clientela no habitual.

 

El trío de noctámbulos, se identificaron como africana la mujer, africano uno de los hombres y francés el otro. Después de volver a discutir entre ellos, el francés me pidió tres cañas. Se sentaron inicialmente en la mesa 2. Pero no pudieron estarse quietos ni un momento: de la mesa iban a la barra; de la barra a las otras dos mesas a hablar con los otros clientes; de allí al lavabo (fueron tres veces cada uno, y cada vez salían de allí más acelerados); luego salían a la calle para volver a entrar. Hablaban sobre todo de respeto, de discriminación por el color de su piel y de su especial relación de trío, al parecer no llegaban a un acuerdo sobre quien había de ir con quien. Comenzaron a discutir en voz alta y los dos hombres jóvenes, se llegaron a empujar. Intervine, les pedí que se calmaran. El francés se acercó a mi, y me preguntó que si yo era civilizado. Le contesté  que lo intentaba, pero que a veces me resultaba algo difícil. Mientras el francés hablaba conmigo, la mujer y el otro hombre se dirigían a los ocupantes de las otras dos mesas, interrumpiendo su desayuno. Habían casi acabado sus cervezas, y decidieron salir. Pensé que se iban, pero al rato volvieron a entrar. La mujer se dirigió a mi y me pidió otra ronda. Yo, con toda la calma del mundo le dije: con todo respeto, os propongo que os vayáis a dormir, y cuando hayáis descansado, volvéis y entonces os atenderé de nuevo con mucho gusto, pero ahora no os voy a servir nada más. La mujer me miró como si no entendiera. Me insistió que era africana pero que hablaba 7 idiomas. Me pidió perdón e insistió en su petición. Le repetí que se fueran a descansar y que volvieran más tarde. Me miró vacilante y me dijo: “los gays así no vais a ganar mucho dinero”. Sonreí. Al poco rato se fueron.

¡LA GENTE MAYOR SON LA OSTIA!

Salí a buscar el pan, como cada mañana. Iba un poco tarde, se acercaba la hora de abrir el Club, y aceleré el paso, pero tuve que detenerme en el semáforo, a pesar que que estaba verde para los peatones, porque se acercaba rápido una ambulancia, pidiendo paso con su sirena. Al otro lado de la acera, vi como una mujer muy mayor, hacia caso omiso e intentaba acelerar con pasitos muy cortos, como dando saltitos. Miró primero al semáforo, y luego a la ambulancia. Estaba claro que la veía llegar, pero no se detenía, como si le dijera: “está verde para mi, cruzaré rápido y si no me da tiempo, ya te pararás tú”. Y eso fue lo que finalmente sucedió. Cuando ya estaba casi encima, el conductor frenó, colocó sus brazos sobre el volante y miró a la anciana con cara de resignación, mientra la mujer siguió con sus saltitos dedicando una mirada de triunfo a la ambulancia al pasar justo por delante.

Una mujer joven (que al parecer no sabe que algún dia llegará a la edad de la anciana), y que esperaba a mi lado, le dijo a su acompañante en tono de crítica: “¡La gente mayor es la ostia!”

 

 

CANTA XENTE DE CORCUBION NO CLUB DA EMPANADA

Carlos y Susi (nombres ficticios), entraron en el Club, atraídos por la empanada y por el tirador de Sargadelos de Estrella de Galicia, que tenemos en la barra. Son vecinos de Corcubión, municipio del litoral coruñés, de menos de 2000 habitantes, en el que, según ellos, se hacen una empanadas de millo (maíz) espectaculares. Llegaron a Barcelona, procedentes del Sur, para pasar los últmos dos días de sus vacaciones. Se sintieron tan a gusto en el Club de la Empanada, que regresaron al día siguiente, antes de iniciar el regreso a su casa. Mientras nos comentaban algunas de las anécdotas de su viaje, cuando entró un grupo de jóvenes. Uno de ellos, ya había venido otras veces a degustar empanadas y orujo blanco, y traía a sus amigos para que conocieran el Club. De repente, otro de los jóvenes gritó: “Coño, canta xente de Corcubión en Barcelona”. Se trataba de Manolo (nombre ficticio), un titiritero que llegaba a la Ciudad Condal a participar en un evento de marionetas, tras haber hecho lo propio en los días anteriores en otro encuentro en París. Manolo también es de Corcubión, y no solo eso, sino que vive en la misma calle que Carlos y Susi. Ni Manolo sabía sus vecinos estaban de vacaciones en Barcelona, ni estos conocían las etapas del itinerante titiritero. Y ni uno ni otros conocían previamente el Club de la Empanada, que de este modo se convirtió en un inesperado lugar de encuentro.

 

 

EL CURA OBRERO

Su mirada, entre nerviosa y ausente, me dice que aquel hombre es una persona compleja. Acierto. No sabe qué pedir. “¿Qué tienes para beber?”, – me pregunta. Cerveza, vino, refrescos, agua, café, – le contesto de carrerilla. Se ríe, lo veo dudar, y finalmente me pide un quinto. Se lo sirvo. Comienza a hablar del paro, de la crisis y comienza a reírse con una risa nerviosa, como si no estuviera seguro de lo que dice, o como si no supiera que más decir sobre lo que está hablando. Al rato comienza a hablar de todo un poco, cambiando de tema constantemente: habla del barrio, como si lo conociera, aunque yo nunca lo había visto; habla del turismo; de fútbol; de la cerveza. Luego habla, y bien, del club de la Empanada. Dice que se encuentra a gusto aquí. Fija entonces su mirada en la mía y, como si quisiera justificar algo sobre lo que nadie le ha preguntado, me dice: “es que acabo de salir del psiquiátrico”, y suelta otra de sus risitas nerviosas. “Pero estoy bien, eh!,” -agrega rápidamente. Me habla entonces de su vida, de sus obsesiones, de sus fantasmas. “Tengo miedo a estar solo” – me dice. Insiste en que acaba de salir del psiquiátrico. Yo voy respondiendo a sus preguntas, de acuerdo a lo que sinceramente pienso. “¿Molesto” – pregunta. Le digo que no, que en el Club de la Empanada estamos abiertos a toda la gente con buen humor. “Pero no soy una persona normal, ¿no lo crees así?”, – me dice. Depende de qué entendamos por normal – le contesto. “¿Te molesta mi presencia aquí, te incomoda?”, – insiste. Me incomodan otras cosas, hablar con la gente me resulta casi siempre agradable y, si te sirve de algo, hasta ahora estás siendo muy correcto, lo que no puedo decir de otras personas que se consideran a sí mismas normales, – le digo. “Gracias por escucharme, me sienta bien. Eres una buena persona. Pareces un cura, por escucharme y darme tu opinión”, -me dice. No sé que debió de ver en mi expresión ante su último comentario, que añadió rápidamente: “pero un cura obrero, eh! Porque hay otros que…”, acompañando sus palabras con un gesto de su mano derecha, agitándola de arriba a abajo. Pagó su cerveza y se despidió cortésmente, sin parar de reír.

LA BOA ALBINA

Es un hombre locuaz, ya bien entrado en la treintena. “Entré aquí porque me parecía un lugar acogedor, y no me equivoqué, realmente me siento a gusto”, dice al poco de iniciar la conversación. “Es que por esta zona, son casi todos locales de diseño o hechos expresamente para turistas, y la verdad es que no me invitan a entrar, y aquí me siento como en mi casa”, insiste. Tal vez por eso, o porque es su carácter, entra rápidamente en confianza, y nos explica el motivo de su visita a Barcelona. Vive en l’Hospitalet y alquila por internet su boa albina, de unos dos metros de largo.

No sabía bien bien para que lo habían contratado en Barcelona. No sabía si era vídeo o película. Cuando llegó al lugar de la cita, se dio cuenta que era para una película prono, aunque a él no le importó en absoluto. Dice que la mayoría de los interpretes eran personajes travestidos. Estuvo bastante tiempo solo mirando, hasta que uno de los que dirigían la película, le pidió, según él, con una sonrisa “insinuante”, si le prestaba su serpiente. Luego esperó tranquilamente a que le devolvieran su boa y le pagaran, y se fue. Pero antes de regresar a l’Hospitalet, quiso tomar una cerveza, y es así como llegó al Club de la Empanada, con la boa en la mochila que llevaba.

Varios de los clientes no le creyeron, entre ellos una familia de turistas que apenas hablaban el castellano, así que teníamos que irles traduciendo, en nuestro inglés básico, la conversación . La hija de la familia, adolescente, dijo que no le creía si no la veía. El dueño del reptil me pidió entonces permiso para mostrarla, yo pregunté al resto de clientes si estaban de acuerdo, y todos dijeron que sí. Así que, con toda la cautela, y ante la expectación de la clientela, el hombre abrió la mochila y efectivamente, allí estaba,completamente enroscada, la boa albina. La muchacha, y otra clienta incrédula que también había pedido verla, pese al temor que le inspiraban las serpientes, dieron un grito mezcla de asombro y temor, sin que ello alterara a la boa, que permaneció impasible, hasta que su dueño volvió a cerrar la mochila.

EL DURMIENTE

Tiene la presencia y modos de un hombre culto y sosegado, pero introvertido. Es alto, tiene melena y bigote. Viste un largo abrigo verde oscuro, y porta una cartera negra,como la de los ministros. Habla siempre pausadamente y en un tono tan bajo que es difícil entenderlo. Se mueve lentamente, como con sigilo, lo cual, unido a su tono de voz, le da un aspecto enfermizo. No es la primera vez que viene, así que después de saludar y pedir el menú del día, se dirige hacia las mesas del altillo.

Tarda en consumir su pedido, sobre todo el café, que cuando lo acaba sin duda estará ya frío. A eso de las cuatro de la tarde, cuando ya no queda más cliente que él, pregunta si vamos a cerrar. Le contestamos que no, y entonces pregunta si es una molestia que se queda allí un rato. Ibra le contesta que puede quedarse el tiempo que quiera.

Al bajar, Ibra me dice que se ha quedado dormido, sentado, con la barbilla apoyada en el pecho y las manos sobre su regazo. Estuvo así una hora. Cuando despertó, cogió su cartera, saludó y se marchó. No lo hemos vuelto a ver.

 

 

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